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Posted by on jul 23, 2015 in Blog | 0 comments

Apego y relaciones desparejas


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0. Introducción

Siempre es interesante pensar en la alta frecuencia con que muchos pacientes consultan sus dificultades en las relaciones de pareja y las innumerables complicaciones que tienen para abandonar o reorientar sus tendencias en cuanto a la
elección de objetos amorosos. La vinculación humana es un fenómeno tremendamente complejo e inconciente, responsable de buena parte del sufrimiento que muestran incontables consultantes: angustia, insomnio, desesperación, violencia, depresión… Aunque también, por otro lado, un vínculo sano es indispensable para alcanzar unas
mínimas cotas de felicidad a lo largo de la vida.

¿Qué relación puede haber entre las dificultades que un paciente encuentra en la actualidad para romper un dañino vínculo de pareja y sus primeras relaciones de apego?

El objetivo de la ponencia es recuperar las aportaciones de John Bowlby y Mary Ainsworth, entre otros autores, en relación a los llamados trastornos del vínculo que aparecen en niños y niñas de corta edad que han sufrido situaciones de negligencia, abandono y maltrato familiar, para conectarlos con una dificultad que es común denominador de los trastornos del apego, que aparece durante la adolescencia o la adultez de dichos niños para sostener relaciones de pareja en el tiempo.

También se ofrecen algunas viñetas clínicas dónde los autores hemos realizado algunas lecturas conectando los dos temas planteados en la ponencia, y al final ofrecemos una breve reflexión en relación a las peculiaridades y dificultades en la intervención terapéutica.

Por último hemos añadido algunas otras hipótesis explicativas que, en opinión de los autores de la ponencia, podrían dar cuenta de las dificultades en las relaciones de pareja anteriormente mencionadas y que van más allá de las conexiones establecidas con las vinculaciones de apego primarias.

1. Sobre la teoría del apego

El estudio del apego (attachment en inglés, aferrament en catalán) está directamente relacionado con la construcción de los postulados teóricos inicialmente propuestos por John Bowlby1 y el posterior enriquecimiento de éstos por Mary Ainsworth2
en lo teórico y académico.

Etimológicamente la palabra “apego” proviene del prefijo latín Ad, que significa hacia, y del verbo picare, cuya definición es juntar. Inspirado en el modelo de la psicología del desarrollo, Bowlby construye una definición de apego que intenta explicar el lazo afectivo que generan los niños con sus primeros cuidadores. En este sentido para él el apego es “cualquier forma de comportamiento que hace que una persona alcance o conserve proximidad ante cualquier otro individuo diferenciado o preferido. En tanto que la figura de apego permanezca accesible y responda, la conducta puede consistir en una mera verificación visual y auditiva del lugar que se haya y en el intercambio ocasional de miradas y saludos. Empero, en ciertas circunstancias se observan también seguimiento y aferramiento a la figura de apego, así como tendencia a llamarla o llorar, conductas que en general mueven a esa figura a brindar sus cuidados” (Bowlby, 1958).

El apego, entendido como ese lazo invisible que une al bebé humano con sus primeros cuidadores3 , crea sentimientos de pertenencia a una determinada estructura familiar y se gesta a partir de la proximidad y el contacto físico frecuente que permitirá al bebé distinguir alrededor de los 8 meses de vida entre personas conocidas y desconocidas. Se establece como máximo entre el primer y el segundo año de vida y le permite al cachorro humano ir forjándose representaciones internas inconcientes de los adultos que lo cuidan para tenerlas disponibles en el momento en que éstos no están presentes. Bowlby destaca dos conceptos importantes para el establecimiento del

1) John Bowlby (1907-1990) fue un psiquiatra y psicoanalista inglés, llegó a ser una de las principales figuras del movimiento psicoanalítico inglés. Dirigió la prestigiosa Clínica Tavistock de Londres y fue consultor para la salud mental en la Organización Mundial de la Salud (OMS). Sus teorías sobre la importancia de las vinculaciones primarias sirvieron de inspiración para la Declaración Universal de los Derechos de la Infancia de la Organización de las Naciones Unidas
(ONU) en 1959. Fue supervisado inicialmente por Melanie Klein, de la que posteriormente se alejó. Elaboró la mayor parte de sus teorías tras la Segunda
Guerra Mundial.

2) Mary Ainsworth (1913-1999), psicóloga estadounidense que en 1950 se une al equipo que dirigía Bowlby en la Clínica Tavistock de Londres. Durante los años 1954-1955 Ainsworth viaja a Uganda dónde ultima lo que posteriormente se llamará el Experimento de la Situación Extraña.

3) Cabe destacar que los vínculos de apego primarios pueden formarse con cualquier adulto que se encargue del cuidado del bebé, independientemente que se trate de los padres biológicos o no.

apego temprano: presencia y estabilidad. Es decir, que sin una cierta presencia física de los adultos referentes, no necesariamente los padres biológicos, es fácil que no establezca un apego sano, ya que el bebé se aferra primeramente a elementos sensoriales a través del olor y el tacto y éstos son sentidos de la proximidad. En un segundo momento el apego sano también se establecerá a partir de las reacciones afectivas que el adulto muestre frente a las conductas demandantes del bebé. No sólo la presencia, sino también la estabilidad de las primeras figuras de apego, son sumamente importantes para una vinculación sana, ya que el aparato psíquico del bebé necesita de tiempo para ir forjando sus conexiones. No se puede forzar un establecimiento simplemente cualitativo del apego. En la actualidad, cuando las largas jornadas laborales en nuestro país obligan a los padres a delegar el cuidado de sus hijos y pasar poco tiempo con ellos, se escucha habitualmente la premisa de que es más importante la calidad que la cantidad en los cuidados mientras ese tiempo sea
altamente estimulante. Según los postulados de Bowlby, es más importante una presencia estable y sosegada que una compañía cuantitativamente corta, pero muy activada por lo que respecta a la estimulación.

Un establecimiento sano y correcto del apego permitirá que el bebé se sienta suficientemente seguro para alejarse progresivamente del adulto, porque confiará en que esté ahí cuando vuelva, y explorará el entorno guiado por su curiosidad innata.

A partir del primer año de vida, y en la medida en que el niño empieza a mostrar autonomía psicomotora para gatear y desplazarse lejos de las figuras parentales, empezamos a observar diferentes conductas relacionadas con el apego. Por un lado esperamos que el bebé muestre signos de ansiedad frente a la separación inicial, así como muestras de alegría frente al reencuentro de la principal figura de apego. También podemos observar cómo de seguro se muestra el niño para explorar su entorno más cercano, qué conductas de apego emplea para reclamar la atención del adulto y qué actitudes muestra frente a los desconocidos que se encuentra a su alrededor.

Una correcta representación interna de las figuras de apego permitirá que el niño se sienta seguro y confíe en su entorno próximo. Una vez que se haya establecido lo que Bowlby llamaba apego seguro, el niño podrá establecer vinculaciones seguras con otros adultos de su entorno: la maestra, la cuidadora, otros familiares… y posteriormente con sus iguales. Estas representaciones internas de apego se van estructurando en lo que Bowlby llamaba modelos internos de apego, los cuáles no son inmodificables, pero sí presentan cierta estabilidad en el tiempo.

Esta capacidad permitirá al cachorro humano desarrollar la base de su empatía, la modulación de sus pulsiones y la capacidad de dar y recibir, así como la posibilidad de elaborar correctamente las pérdidas futuras que estén por acontecer.
Dentro de las actuales concepciones del apego destacan las aportaciones del neuropsiquiatra y terapeuta chileno Jorge Barudy4. Barudy integra un análisis de la vinculación del niño y sus padres incorporando múltiples niveles tomados desde el modelo ecológico de Bronfenbrenner. También incorpora todas las nuevas investigaciones en neurofisiología cerebral que hallan estrechas relaciones entre el correcto desarrollo de estructuras cerebrales antes de los 3 años y la aparición de conductas agresivas, impulsivas o antisociales en niños que han carecido de adecuados
cuidados parentales.

Los estudios longitudinales5 actuales muestran que si un niño no ha podido establecer un apego seguro y sano durante los primeros años de su vida está más expuesto a mostrar dificultades de relación y de vinculación en el futuro con adultos e iguales, a mostrar más dificultades en los aprendizajes, y quizás la correlación más elevada, se
encuentra en los trastornos conyugales y de pareja que se observan a partir de la adolescencia y juventud. Podemos afirmar que los niños que no han tenido unos buenos tratos durante su primera infancia tendrán mayores dificultades para poder sostener relaciones de pareja en el futuro, no tanto de encontrarlas o de generar acercamientos, sino de mantenerlas en el tiempo.

4) Jorge Barudy (1947). Es un neuropsiquiatra, psiquiatra infantil y terapeuta familiar de origen chileno, formado en Bélgica y establecido en Barcelona desde
hace varios años. Es director y fundador de la Asociación EXIL, especializada en la atención psicológica de refugiados y víctimas de violencia.
5) (Brandon, Higings, & Howe, 1999) (Crittenden, 1995)

2. Infancia y trastornos de la vinculación

Tras los primeros estudios de Bowlby en Londres, rápidamente se añaden otros investigadores para seguir ampliando el campo de estudio de las primeras relaciones vinculares de los bebés. Es el caso de Mary Ainsworth, que diseñó el Experimento de la Situación Extraña 6 que tenía como finalidad determinar como el niño usaba a un adulto
como fuente de seguridad para explorar el ambiente y su reacción ante episodios de separación y reencuentro con la madre. Tras estas primeras investigaciones, y teniendo en cuenta la cantidad de niños que habían quedado huérfanos durante la Segunda Guerra Mundial -y que presentaban diferentes sintomatologías- Ainsworth en 1978 describe tres tipos principales de estilos de apego, los cuáles constituirán la base para estudios realizados a partir de la década de los años 70 del siglo anterior. Los diferentes tipos de apego que se describirán a continuación se han encontrado en niños que han sufrido diferentes tipos de maltratos, desde simple negligencia o abandono a maltratos físicos o abusos sexuales.

Estilo de Apego Seguro

Este estilo de apego es la vinculación sana y segura que implica que el bebé ha generado una representación interna inconsciente de sus principales figuras de apego que le permitirá explorar libremente su entorno más inmediato sin sentirse necesariamente angustiado por la ausencia de sus progenitores. Mostrará una alta ansiedad frente a la separación, pero será fácil de consolar por otros adultos referentes o tras el reencuentro alegre con su cuidador/a. Sus conductas de apego (llorar, gritar o buscar a la persona querida tras su desaparición) se observarán moderadas y la actitud frente a los extraños será de una cierta sociabilidad. Es esperable que estos niños, al haber podido confiar inicialmente en sus figuras de apego, puedan sentirse seguros y no suspicaces frente a sus vinculaciones futuras con otros adultos o sus iguales. La exploración inicial de su entorno más inmediato, de entrada juguetes, cuentos u otros elementos, se irá trasladando poco a poco a la curiosidad por los nuevos aprendizajes focalizados en la adquisición de la lectura, la aritmética y otros conocimientos de su medio social y natural. De la misma manera durante la adolescencia, cuando aparezcan sus primeras relaciones amorosas, podrá hallar en ellas una confianza básica que le permitirá proyectar su capacidad de amar hacia otros iguales del mismo u otro sexo sin sentirse extremadamente vulnerable o susceptible de ser abandonado o traicionado.

Estilo de Apego Inseguro Evitativo

Este estilo de apego se daría en familias que no han tenido en cuenta las necesidades básicas del niño, dejándolo frecuentemente solo o con largos periodos de lloros u otras demandas por parte del bebé, y que no han sido satisfechas por los adultos referentes. En general las demandas del bebé causan angustia, rechazo o repulsión en los progenitores y, por este motivo, se ignoran. De esta manera se va configurando un psiquismo infantil donde el bebé construye una representación interna inconciente de los padres ausente o ciertamente muy distante. El bebé aprende de alguna manera
que para moverse por el mundo sólo cuenta con sus habilidades y por tanto reclamará poco de sus adultos. Son niños que muestran muy poca respuesta frente a la separación y conductas de apego muy minimizadas. Cuando la madre, o la figura
principal de apego, se reúne de nuevo con ellos, se observa cierta indiferencia, así como de los extraños adultos que puedan haber a su alrededor.

Este estilo generará niños muy autónomos, ya que la autonomía (y, por tanto, una menor dependencia del adulto) se vive de manera muy positiva por éstos. Aún así se presentan muy poco expresivos emocionalmente. Para ese niño obtendrán más importancia los objetos de su alrededor, que en muchos casos han sido más estables que sus padres, que las personas de su alrededor. Pueden ser niños con buenos resultados en las tareas escolares, pero con escaso espíritu para el trabajo en equipo y mucho menos por lo que respecta a sus habilidades empáticas y sociales. Tomando en cuenta esa descripción de niños con dificultades en lo referente a la expresión de los afectos y acercamiento a los otros, al llegar a la adolescencia presentarán relaciones de parejas muy funcionales y poco afectivas.

Estilo de Apego Inseguro Ansioso-Ambivalente

Este estilo de apego se encuentra en estructuras familiares donde los cuidadores padecen en general algún trastorno mental o adicción a tóxicos. Podríamos pensar en entornos donde los progenitores encuentran momentos de máxima interacción y estimulación del niño (por ejemplo, coincidiendo con la euforia del consumo de algunas drogas), con momentos de dejadez o casi abandono por parte de éstos a pesar de las demandas del niño (por ejemplo, coincidiendo con momentos de “resaca” post festum). A diferencia del estilo evitativo, donde el niño asume inconciente una ausencia de figuras parentales, en el ansioso-ambivalente el niño muestra mucha dependencia de esos progenitores que a veces le responden y otras veces no. Vive con una fuerte angustia y necesidad de ser querido y a la vez desarrolla sentimientos muy
ambivalentes en relación a sus figuras de apego. Son niños que presentan fuertes reacciones frente a la separación de la madre, con unas conductas de apego activadas al máximo y con graves dificultades para ser consolados, ya que temen ser abandonados de nuevo. Al tener estas conductas de apego activadas al máximo y ocupando buena parte de su psiquismo, es de esperar que no haya lugar para los aprendizajes. Estos niños, a diferencia de los criados en estilos evitativos, presentarán muy poco interés por los aprendizajes y mucho por las relaciones sociales y afectivas de su entorno. Pueden ser infantes muy demandantes de sus maestros y educadores y con un miedo horrible a no ser queridos. Los estudios7 muestran también un mayor porcentaje de embarazos adolescentes en niñas criadas bajo ese estilo.

7) (Brandon, Higings, & Howe, 1999) (Crittenden, 1995).

Estilo de Apego Desorganizado

A partir de los estudios de Main y Solomon de 1986, se describe un cuarto tipo de estilo de apego: el apego desorganizado. Esta descripción sirvió para dar cabida a un buen número de niños que, tras haber pasado por el experimento de la situación extraña, no encajaban en ninguna de las categorías planteadas. Se trata de niños de alto riesgo que han crecido en entornos con padres altamente incompetentes, con graves problemas de salud mental y que en muchos casos los mismos progenitores han sufrido asimiamo grandes pérdidas o situaciones traumáticas durante la infancia o adolescencia que no se han podido elaborar.

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