Cada diciembre nos sentimos inmersos en un leve estado febril donde nos vemos sometidos, en la mayoría de ocasiones, al “ahora toca comprar regalos”. Este “ahora toca” implica que en la mayoría de casos el acto de “regalar” algo a alguno de nuestros seres queridos no es un acto libre y conciente, sino que es más bien otra acción, lo sepamos o no, de nuestra raíz judeo-cristiana.
Melchor, Gaspar y Baltasar llevaron tres únicos regalos, es decir presentes valiosos y dignos de un rey, una fría noche próxima al solsticio de invierno, al bebé más famoso de la Historia. ¿Me pregunto a veces qué podría hacer un recién nacido con oro, incienso y mirra? Este hecho aparentemente alejado de nuestra realidad cotidiana nos debería hacer reflexionar sobre ese escaneo visual que haremos cientos de veces durante estos días frente a los aparadores. Regalos para un rey, pero ¿y no son los pequeños de nuestras familias los “reyes” de la casa? His majesty the Baby decía Freud para referirse a ese lugar y a ese vínculo que se establece con las criaturas.
Regalar implica pensar en un obsequio que al otro le proporcione un placer. Es decir, nos obliga a salir supuestamente, de nuestro narcisismo. Y digo supuestamente porque en muchos casos aparece la frase interna “regalo para que después me regalen”. Todos sabemos qué nos gustaría que nos regalaran, pero ¿y a ese ser tan cercano: pareja, familiares, amigos...? Si no tengo ni idea en relación a qué regalarle es porque quizás no me tomé el trabajo de intentar conocerlo. Regalar nos obliga a observar y escuchar al otro, cuáles son sus aficiones, sus pasiones... Es porque esta tarea no es nada fácil que tradicionalmente en muchos hogares esta función ha sido destinada más a las madres que a los padres. Mamá sabe de las necesidades afectivas de los otros y papá provee los bienes necesarios para que ese esquema funcione. No me gustaría caer en convencionalismos, pero ¿cuántas casas conocen dónde esto funcione así?
La última moda para los carentes de creatividad es la compra de “experiencias”. Supuestos packs para que a uno le hagan masajes, una cena romántica, un fin de semana en la montaña o una excitante bajada por algún caudoloso río en primavera. Experiencas que el regalado puede escoger, dando a mostrar aquí que los regaladores se quedaron sin ideas o que quizás esperan a que en la próxima festividad se les regale lo mismo. También me pregunto por ¿cómo se puede regalar una experiencia? Si la experiencia es algo exclusivo y personal, ¿cómo se cabe todo eso en una cajita de color llamativo?
Por último no olviden regalar a los pequeños más tiempo y menos objetos. Y si finalmente, para que la familia no les deje de hablar, deciden comprar juguetes, por favor que el niño decida qué hacer con eso, que sea él el protagonista y no a la inversa. Intenten no comprar esos complejos artilugios que solo permiten un sólo uso al pequeño, reduciendo de esta manera su capacidad de jugar. Juegos de construcción, lápices de colores, plastilina, muñecos, coches, algún juguete con el que ustedes también jugaron, cuentos para ser leídos por el adulto...
¿Ya saben qué pedirán a los Reyes, al Papá Noel, o al Tió?