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Posted by on jul 27, 2016 in Blog | 0 comments

Apego y relaciones desparejas II


3. Vínculo y relaciones de pareja

En este apartado proponemos estudiar la posible relación entre los diferentes tipos de apego en la infancia y las relaciones de pareja que establece el adulto. Lo esperable es que los lazos de apego con los padres se caractericen, en la mayoría
de los casos, por tener una base segura que permite explorar el ambiente, así como también proporcionar un lugar seguro por el mantenimiento de la proximidad y protesta por la separación, y son estas mismas características las que sustentan las relaciones de pareja. La continuidad entre el apego en la infancia y el del adulto con su pareja viene del deseo de tener proximidad física y confianza en el otro.

En una relación de pareja se producen escenarios que pueden parecer análogos a los vividos en el proceso de apego en la infancia. Una diferencia con la relación de apego infantil es que en ésta, el cuidado debe ser unidireccional, es decir, los adultos son los responsables del bienestar del niño, y en la relación de apego adulto es bidireccional, ambos adultos son en parte responsables del cuidado del otro. Además, ambos son responsables de cuidar el proyecto común que comparten y, si tienen descendencia, también de la misma.

Bowlby explicó que las capacidades emocionales que vamos a poner en juego en las relaciones interpersonales, especialmente en las relaciones de pareja, se adquieren en la relación con los objetos primarios, por tanto se buscará repetir en una relación de pareja. Sin estas capacidades la posibilidad de establecer relaciones afectivas sanas, equilibradas y satisfactorias se verá mermada. De igual modo, Hazan y Shaver (1987) sostuvieron que el comportamiento del adulto en relaciones cercanas está moldeado por representaciones mentales, cuyos orígenes se encuentran en las relaciones del
niño con sus cuidadores primarios.

En varios lugares de la obra de Freud podemos encontrar referencias a la influencia de las primeras figuras de amor (en general los padres biológicos) en cuánto a la elección de pareja durante la vida adulta. Ahora bien, de lo que no nos habla su obra es de la importancia de estos apegos primarios en lo que respecta al mantenimiento del lazo afectivo y a cómo elabora una persona con un estilo de apego determinado las separaciones y/o pérdidas del compañero/a sentimental. Por otro lado cabe recordar también que los modelos o estilos planteados anteriormente responden a una necesidad de categorizar y ordenar los datos empíricos que se obtienen de situaciones experimentales o tras la administración de pruebas o cuestionarios. En la clínica, la realidad siempre es mucho más compleja y menos ordenada.

El objetivo de las descripciones anteriores no es realizar diagnósticos de estilo de apego sino añadir elementos de reflexión para intervenir sobre las dificultades actuales de los pacientes atendidos en lo que se refiere a sus relaciones afectivas, sean de índole amistosa o amorosa. Las reflexiones que vamos a ofrecer a continuación a partir de los recortes clínicos, donde estableceremos puentes entre los estilos de apego primarios y sus efectos en las relaciones amistosas o de pareja en la actualidad, deben interpretarse en términos de correlación y no en términos de causalidad directa.

Paola, 38 años, de nacionalidad italo-argentina y afincada en Cataluña desde hace unos 9 años. “Con mis hermanas y yo bromeamos mucho a mi madre diciéndole que no tuvimos madre. Nos crió a los cuatro, pero nunca estaba. Nunca me vino a ver a jugar a voleibol, ni a los festivales del colegio, estaba todo el día fuera de casa y me delegaba la cura de mi hermana pequeña. Nunca hacía de madre, no nos descuidaba ni nos trataba mal, pero siempre que la reclamaba nunca estaba disponible.”

En la actualidad Paola pasa por el duelo de un divorcio, el exmarido marchó a Argentina y ella se quedó con el hijo a su cargo. Uno de los motivos de la separación, después de más de dos años de terapia que destinó básicamente en quejarse del marido, fueron las continuas demandas que Paola realizaba a su exmarido y la poca disponibilidad que ella decía que él mostraba. Cabe destacar en este caso la conexión que se observa entre las excesivas demandas no correspondidas que realizaba Paola hacia su madre, y que eran ya durante la infancia y adolescencia motivo de enfado y discusión entre ellas, y las continuas demandas que realizaba también Paola a su exmarido. Esto implica necesariamente la existencia de un modelo interno de apego que se expresa más allá del tiempo o el lugar donde se dé el vínculo. En Paola también podemos ver que se mezclan algunos elementos del tipo evitativo, ya que desde pequeña fue muy madura, independiente y responsable, obteniendo buenos resultados académicos y laborales. Pero a su vez se observan elementos del estilo ansioso-ambivalente, en el sentido que reclama continuamente la atención de la madre o del marido. Tras la supuesta anhelada separación, Paola experimenta una profunda sensación de abandono y soledad que se expresa en frecuentes lloros y en una extrema dificultad para recuperarse de la pérdida y plantearse nuevas relaciones futuras.

Selena, 36 años, padece un trastorno límite de la personalidad, vive en Barcelona y
actualmente comparte habitación con dos chicas también con diagnóstico de TLP, “solo
para no estar sola”. Ha pasado de estar todo el día pendiente de la familia a estar de
cuidadora de sus compañeras.
“Toda la vida habíamos estado alerta de las reacciones de mi padre. Él solía beber, y si
venía enfadado nos angustiábamos por miedo a que nos pegara, pero si venía
contento la cosa no era tampoco mejor, podía despertarnos a medianoche por su
euforia y querer que estuviéramos con él. Cuando se separaron, cuidé y no dejé nunca
a mi madre, pero después ella me hizo la vida imposible, siempre metiéndome en líos y
en medio de sus peleas, que ahora son con mi abuela y mis tíos”.

Selena lleva más de una año en tratamiento, sus síntomas oscilan entre autolesiones, atracones y compras compulsivas principalmente. Se hace muy presente en ella la inestabilidad afectiva. Del mismo modo que antes su estado de ánimo iba condicionado al del padre, ahora busca relaciones con las que se fusiona para que sea el otro el que la ayude a regularse afectivamente, e incluso le muestre cómo se tiene que sentir ante diferentes situaciones. En sus relaciones de pareja (han sido de poca duración) también se pone en el lugar de madre/cuidadora, y posteriormente se siente rabiosa, pues siente que ella está más implicada en la relación y pasa a devaluar y humillara a sus parejas. Vemos como el tipo de vínculo predominantemente ansioso-ambivalente, que se había empezado a configurar en su infancia con el padre, posteriormente se repitió durante años con la madre y actualmente con las compañeras de piso. Cuida y se ocupa de quien sea para no mirar ni tratar sus problemas y dificultades.

4. Sobre las peculiaridades y dificultades en la intervención

“Hasta una cierta edad uno es lo que han hecho con uno,
pero a partir de cierta edad
uno es lo que uno hace con lo que han hecho con uno” (J.P. Sartre)

Tras esta exposición, deberíamos preguntarnos por las peculiaridades y dificultades a la hora de intervenir sobre estas problemáticas en los entornos clínicos.

De entrada, debemos recordar que los estilos de apego primarios descritos en este trabajo, y que luego correlacionan con dificultades en las relaciones de pareja adulta, se establecen antes de los tres primeros años de vida.

¿Cómo explorar los afectos y sentimientos de ese momento teniendo como principal escollo el periodo de amnesia infantil que se extiende hasta bien entrados los 6 años? Obviamente con lo único que podemos trabajar es con los recuerdos que tiene ese paciente de sus relaciones primarias con padres o cuidadores. No importará si se trata de recuerdos encubridores o de fragmentos reales: sobre esa construcción del pasado sí que puede operar la psicoterapia. Se sabe que modificando la interpretación de hechos del pasado se genera un nuevo presente, donde quizás el paciente pueda elaborar nuevamente sus vínculos a partir de esa nueva construcción de su pasado.

También cabría añadir otra peculiaridad de la cuestión y es que en un vínculo, por definición, entran en juego siempre dos, se trata de una dualidad. ¿Cómo explorar es vínculo, que siempre es par, cuando sólo disponemos de una de las partes? ¿Eso requeriría quizás convocar a los padres o cuidadores primarios?

Efectivamente, en la medida en que el ámbito terapéutico y las habilidades del profesional lo permitan, sería interesante poder “contrastar” la percepción del paciente con el recuerdo que tengan de esa experiencia sus cuidadores principales. Una mayor dificultad la encontraríamos en los casos de abandonos y adopciones, donde quizás el acceso a los mismos no sea posible. Aquí deberemos realizar como terapeutas un trabajo ingente que pasará por intentar reconstruir unos estilos de vinculación partiendo de tan sólo la mitad del encaje a pesar de que, psicoanalíticamente, podemos reponer la otra mitad del encaje, sirviéndonos de la relación terapéutica y del tipo de transferencia que el paciente deposita en nosotros.
Por último, para poder pensar una posible vía de intervención teniendo en cuenta las dos dificultades anteriores, pasaría por conseguir un cierto grado de empatía del paciente para con sus progenitores. Es muy común en los procesos analíticos que el paciente pase periodos donde sienta que muchas o buena parte de sus dificultades y síntomas actuales son culpa de sus padres: por cómo fue criado, por si fueron demasiado estrictos o demasiado laxos, por si pusieron las suficientes expectativas en él, por si emplearon más energía y dedicación en los otros hermanos que en él mismo, etc. Cuando se plantean dificultades en los vínculos iniciales esto puede ser así, e incluso con más hostilidad por parte del paciente. Una vía para reducir esa tensión sería que el paciente pueda entender la situación para poder, en un segundo momento, empatizar, con la vida de sus propios padres. Será necesario entonces situar históricamente a los progenitores, su lugar de procedencia, estilos de crianza impuesto por los abuelos, situación económica, ideología imperante en aquel momento, otras relaciones de pareja de sus padres… De esta manera no se busca construir un relato verídico de lo que ocurrió sino que el paciente pueda situar a sus progenitores, a los que tanto culpa por su situación y quizás de sus dificultades para sostener los lazos sociales en la actualidad, en un plano más humano, como seres que, dentro de las posibilidades y situación del momento, hicieron lo que pudieron para acompañarlo en su travesía por el mundo. Abrir la puerta de la curiosidad por las historias de sus antecedentes familiares es una cuestión éticamente irrenunciable en la tarea que nos
ocupa.

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